El arma definitiva

¿Cómo se dirige la política exterior sabiendo que se dispone de un arma capaz de aniquilar al enemigo? Esta fue una de las claves de la Guerra Fría, primero para los Estados Unidos, luego para la URSS.

Pese a ser grandes superpotencias, la política exterior de ambas, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, consistió en garantizar una paz duradera que asegurase la resolución, por medios pacíficos, de las disputas territoriales. La efectividad del arma nuclear había ya sido comprobada en el frente oriental y, pese a las discusiones que se han despertado en los años posteriores a su utilización, su eficacia para poner fin a la contienda en un plazo razonable resultó suficientemente evidente, dada la debilidad de las protecciones frente a un arma tan destructiva.

Ninguna de las dos potencias tenía tensiones poblacionales ni afanes expansionistas suficientes como para embarcarse en aventuras militares que dieran como fruto la adquisición de nuevos territorios. Por ello, no les costó mucho esfuerzo acordar las bases para la creación de una institución supranacional que mantuviese la paz mundial.

En el caso de la Unión Soviética, pese a sus desavenencias con China y Japón en Asia, su principal preocupación era garantizar un cinturón de seguridad en su frontera europea que conformase una barrera ante posibles amenazas occidentales, además de asegurar que la amenaza alemana quedaría desmantelada para los próximos decenios. Con respecto a los Estados Unidos, más allá de su amplia tradición comercial, que tan buenos resultados económicos les reportó, la doctrina oficial era la de combatir las ideologías totalitarias que habían desembocado en las dos guerras mundiales. Una corriente de opinión muy poderosa era que, en el fondo, el comunismo tenía una base ideológica equivalente al fascismo y radicalmente opuesta al estilo de vida americano.

En los primeros años de la GF, los EEUU solo tuvieron que mencionar la existencia de esta arma para lograr frenar los intentos de expansión del comunismo. Hay que tener en cuenta que, desde los tiempos de Lenin, existía un órgano (La Cominterm) que alentaba la difusión de los principios inspiradores de la revolución soviética y que coordinaba los planes de acción de los partidos comunistas existentes en la mayoría de los países implicados en la Guerra Mundial.

La relación de fuerzas cambió drásticamente cuando, en 1949, Stalin logró desarrollar la primera detonación nuclear, demostrando de esta manera que había logrado un hito científico y tecnológico equivalente al alcanzado por los americanos unos años antes. A partir de ese momento, la sola mención del uso del arma nuclear no bastaba para imponer sus puntos de vista. Empezó un periodo en el que las grandes superpotencias se afanaban en hacer creíble su amenaza, mejorando los sistemas de transporte (delivery system) de manera que se pudiera alcanzar cualquier punto del territorio enemigo en un plazo razonable.

Posteriormente, otros países como Francia y Reino Unido se convencieron de la necesidad de disponer de su propia arma nuclear para hacer prevalecer sus posturas en un mundo que se estaba librando de la opresión colonialista a marchas forzadas. A la par que las dos superpotencias desarrollaban su capacidad tecnológica para mantener viva la amenaza nuclear, la opinión pública (especialmente en Occidente) tomó conciencia de la sinrazón a la que se estaba llegando. Cualquiera que fuese el resultado de una hipotética Tercera Guerra Mundial, el vencedor tendría que lidiar con un mundo contaminado y devastado por las consecuencias de un terrible invierno nuclear. Las dos superpotencias llegaron a la conclusión de que no era conveniente ser el primero en utilizar sus armas nucleares, pero sí en impedir que cualquier ataque se quedase sin una respuesta apropiada. Fue el tiempo de la Destrucción Mutua Asegurada: los arsenales se automatizaron y se fijaron planes de contingencia para que las armas fueran disparadas, incluso días después de un primer ataque, para garantizar la destrucción del enemigo.

Tuvieron que pasar más de veinte años de este equilibrio del terror para que, el 26 de mayo de 1972, los presidentes Nixon y Breznev firmasen el primer acuerdo SALT para reducir sus armas estratégicas y evitar que otros países se embarcaran en una deriva semejante. En estos acuerdos se contemplaba la posibilidad de una guerra nuclear limitada a las zonas fronterizas de las dos superpotencias (Europa, Asia y América) pero no contemplaban la posibilidad de desarrollar contramedidas nucleares eficaces. El presidente Reagan cambió este equilibrio de terror apostando por un sistema múltiple de neutralización de misiles intercontinentales, que resultó inalcanzable para una economía soviética que había logrado la paridad con grandes sacrificios.

Pese a que, desde Nagasaki, las armas nucleares no han vuelto a ser utilizadas contra otros seres humanos, la amenaza sigue estando presente. Siempre que un gobernante se plantea resolver sus problemas de seguridad por métodos violentos debemos recordar que uno sabe cuándo comienzan las guerras, pero nadie sabe cuándo se pueden dar por terminadas. Los efectos escalables de un conflicto pueden llevar a extremos insospechados y todos los contendientes conocen la existencia de un arma que, de ser utilizada, puede acabar radicalmente con el enemigo, aún a costa de poner en riesgo la vida de muchos inocentes. Mientras las armas nucleares no estén completamente prohibidas, la sociedad no debe bajar la guardia. Está en juego la habitabilidad de este planeta.

@salenko1960

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