El inicio de la GF

Tras una guerra que había consumido los recursos de las potencias enfrentadas, parece razonable conocer cómo y por qué se desembocó en una guerra no declarada que terminó por colapsar a una de las dos grandes superpotencias vencedoras. ¿Cuándo se dieron cuenta los soviéticos de que terminarían en guerra con el mundo capitalista? ¿Cuándo los norteamericanos dejaron de confiar en su aliado comunista?

Los acuerdos de Yalta y Potsdam dejaron definidos unos espacios geográficos en los que se aceptó que, para garantizar la seguridad del estado soviético, se daría prioridad a la URSS para influir en los acontecimientos políticos de esos estados europeos y asiáticos. Lo llamaron el área de influencia soviética.

Tras finalizar el conflicto, el mapa de Europa mostraba signos de confrontación en ciertas áreas de los Balcanes, Oriente Medio y Manchuria. El desgaste sufrido por el Imperio Británico dio paso a un proceso de descolonización que pronto dejaría de estar controlado por la corona. En ese momento los Estados Unidos no aspiraban a ocupar ni una sola hectárea de terreno fuera de sus fronteras, pero se daban cuenta de que los recursos y la influencia geopolítica estaban relacionados con su actividad comercial. Poco a poco se fueron concienciando de que debían abandonar su tradicional aislacionismo y propiciar un modelo de relaciones internacionales que favoreciese el intercambio pacífico entre todos los estados.

En esos primeros meses de postguerra, Stalin sabía que la situación geopolítica era poco tranquilizadora para la URSS. Dio órdenes de acelerar las investigaciones para dotarse de una bomba atómica y el 9 de febrero de 1946 anunció, en un patriótico discurso en el teatro Bolshói, que la expansión del comunismo justificaba nuevos sacrificios  y que el movimiento revolucionario tendría que volverse a enfrentar a los intereses del capitalismo y del imperialismo, lo que suponía una sentencia de muerte para la gran Coalición.

Cuando el gobierno norteamericano pidió explicaciones a su embajada en Moscú acerca del motivo por el que los soviéticos rechazaban incorporarse a las instituciones financieras que se habían creado en el nuevo marco de cooperación generado por las recién creadas Naciones Unidas, la respuesta del diplomático George Kennan, conocida como “Telegrama largo”, les recordó que la URSS siempre había sido una potencia revolucionaria enfrentada contra los estados burgueses, poco sensible a los razonamientos lógicos y muy respetuosa con las posiciones respaldadas con ayuda de la fuerza.

Poco después se produjo el discurso de Churchill en Fulton (Misuri), invitado personalmente por el presidente Truman cuando ya había pasado a la oposición en el Reino Unido. Algunos de sus pasajes fueron considerados belicistas por el gobierno de Stalin y comparados con la actitud de Hitler. En esencia, Churchill denunció la situación europea tras los primeros meses de ocupación soviética en países como Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumanía, además de las repúblicas bajo control soviético. Al denunciar la forma en que se estaba impidiendo el desarrollo de la democracia en estos países (que cayeron bajo la esfera de influencia soviética), alertó a la sociedad norteamericana de que se preparasen para la confrontación.

Hay que tener en cuenta de que, tras el final de la II Guerra Mundial, los aliados se encontraron con una situación interna radicalmente distinta. Mientras en Estados Unidos, la economía se adaptó fácilmente a una nueva realidad en la que el consumo interno pasaría a sostener la actividad productiva y facilitaría la recolocación de los ciudadanos desmovilizados; en Gran Bretaña se había votado un cambio radical en la forma de gobernar: cuando Churchill ofrecía mantener el imperio británico para consolidar su modelo de civilización cristiana, Clement Attlee le superaba en las urnas con un discurso que prometía a los británicos ocuparse de las mejoras en sus condiciones de vida. Pese a ello, no pudo evitar que la posguerra fuese más dura que la propia guerra, en términos de desabastecimiento, ni que volviesen las cartillas de racionamiento, justificadas en parte porque había que atender a los compromisos británicos en el continente europeo.

La reacción de la Unión Soviética puede considerarse desproporcionada. Stalin volvió a recuperar los valores imperiales y dejó en segundo término las preocupaciones de la ciudadanía para garantizar el asunto de la seguridad nacional. Internamente, volvieron las purgas en el partido y en el ejército, dejando claro que una actuación heroica en el campo de batalla no garantizaba la impunidad por acercar posturas ante las posiciones del bando angloamericano. Externamente, se dijo que esto hacía viable el espacio de influencia soviética.

La situación en Irán, ocupado por fuerzas soviéticas y británicas, la relacionó con antiguas aspiraciones territoriales de las repúblicas soviéticas colindantes (Armenia, Georgia y Azerbaiyán). Pretendió presionar a Turquía e Irán para acercarlas a los posicionamientos de la URSS y solo desistió de este propósito cuando Truman envió al acorazado Missouri a la zona de los estrechos turcos y cuando Naciones Unidas rechazó ampliar el plazo para la acordada retirada del ejército rojo del territorio iraní.

Se había puesto de manifiesto que las diferencias ideológicas entre el comunismo y el modelo angloamericano (que no capitalismo), justificaba un enfrentamiento por la supremacía universal. La dictadura del proletariado entraba en una guerra no declarada contra la democracia representativa. Ninguno de los dos contendientes deseaba ser considerado como el iniciador de las hostilidades, pero las víctimas y los muertos de esta contienda se fueron sucediendo en diferentes escenarios del mundo entero hasta que, en 1991, se desintegró la Unión Soviética.

@salenko1960

 

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